¡Tiquetes, por favor!

“Prefiero unos pocos allegados a las malas compañías; pero deben saber ir y venir oportunamente”.
Friedrich Nietzsche.

La Acrópolis de Atenas.

Lo conocí dos semanas antes de nuestro vuelo, a mediados de marzo. Me cayó como una patada en el estómago, pero sería nuestro compañero de viaje. Abrimos nuestro círculo (el peruano, el mexicano y yo, el colombiano) y en un abrir y cerrar de ojos, él no sólo había planeado el viaje, sino que había elegido hotel, ubicación, presupuesto. Esa, esa debió ser la primera pista.

Él peruano lo presentó en las afueras de la escuela. El tipo ni siquiera levantó la cabeza, sin dejar de mirar su celular, extendió su mano con desgano.

— ¿Qué más? –Dijo-: ¿usted es el de Medellín? ¡Pablo!

Me quedé paralizado. Él, colombiano también, por fuera del país aportando su cuota al estigma narco. A continuación, el tipo se dio la vuelta y se marchó como si el peruano y yo no hubiéramos estado allí. Esa, esa debió ser la segunda pista.

A Grecia llegamos el 11 de marzo. Eran las nueve de la noche. El tiquete del Metro costaba cerca de 12 euros, incluía un impuesto aeroportuario y nos daba el ingreso a la capital: Atenas. Después de algunos minutos en el tren, llegamos a nuestro destino, habíamos “elegido un hotel que nos costaría 60 euros por tres noches. Al llegar a este, nuestro amigo había cambiado las condiciones sin previo aviso. El hotel costaba ahora 90 euros y no incluía habitación con cama sencilla. Es decir, teníamos dos camas matrimoniales para cuatro personas. Esa, esa debió ser la tercera pista.

Del estadio Olímpico, la Acrópolis y demás escribiré otras líneas. Hoy hablo nuestra experiencia al regreso. «Las espadas y lanzas por sí mismas son inofensivas; el que por sí mismo es apacible y sin maldad alguna, se volverá feroz y terrible a causa de las malas compañías» dijo alguna vez Leonardo Da Vinci. Y fue eso precisamente en lo que caímos cuando llegó la hora de nuestro regreso. Esa, esa debió ser la última pista. No estábamos bien acompañados.

El 14 de marzo llegamos al Metro muy temprano.

— Señorita, buenos días – le dije -. Cuatro tiquetes por favor.

— Son 8 euros – respondió. Quisimos corregirla, pero la voz de la consciencia de nuestro amigo fue más veloz.

— Gracias. Gracias. Gracias. – intervino.

Ingresar al Metro en Atenas es un ejercicio completo de honestidad y confianza. No existen los torniquetes que solemos ver en América Latina y el servicio para ser más un ejercicio de confianza. Esa que tantas veces hemos quebrantado los latinos, y por la cual cargamos cada que viajamos fuera de nuestro país.

— Ya estuvo – manifestó-. Hubiéramos hecho lo mismo en la venida. Pagamos 40 euros menos.

El mexicano agregó, aunque no se detuvo en el acto.

— Ahí están pintados. Pinches colombianos, siempre tratando de tomar ventaja. –

Estábamos conscientes, sabíamos que el tiquete normal incluía el impuesto, pero ninguno hizo algo por evitar el intento de tomar ventaja del sistema griego. Nuestra actuación encubría un engaño. Primer error.

14 estaciones después (faltaba una llegar al aeropuerto). La historia cambió.

— Ticket, please. – se acercó un oficial. 1.80 de estatura, barba de cuatro o cinco días, mal encarado.

— ¿tiquete? Un momento por favor. – respondí.

— Sorry, do you understand me? – añadió.

— No, no, no. – intervino nuestro amigo, tratando de ocultar que podíamos comprenderlos -. Nosotros solo hablamos español. Somos latinos.

Estábamos ubicados en el costado sur del vagón. Sobre la puerta nuestro amigo, al costado el peruano y yo. El mexicano estaba en el costado opuesto, como quién no conoce.

— Señores – indicó el oficial con su español a medias -. Este tiquete no es válido. Al abordar un viaje rumbo al aeropuerto deben pagar ustedes unos taxes.

— ¡Oh, no sabíamos! – añadió el peruano.

Él, nuestro amigo colombiano, creyó encontrar una salida fácil. Segundo error

— bueno, como no sabíamos. Díganos donde podemos pagar el dinero faltante.

— Passport, please!

— Wey, ¿qué pasa? – se acercó el mexicano.

— ¿usted está con ellos? Tiquete y pasaporte, señor.

El tren arribó a la estación.

— Al costado derecho por favor. – Las miradas de los demás viajeros se posaban sobre nosotros

— Gentlemen, ustedes me han entregado cuatro tiquetes. ¿Por qué uno de ellos dice 11 de marzo y tiene la  tarifa indicada de 12 euros? – tercer error, nuestro amigo había mezclado su tiquete con el comprado días atrás -. Sin duda ustedes sabían que había que cancelarla.

Instantes después el oficial tomó su equipo de comunicaciones, solicitó apoyo de otro compañero y procedió.

— Por intentar evadir el pago del Metro de Atenas, los señores tienen una multa que deberán pagar antes de abandonar Grecia. – Entre dientes añadió -: «latinos…».

La multa en griego que nunca entendimos qué decía.

Al final la multa ascendió a 344 euros (1’240.000 pesos colombianos). A él ni se le pasó por la cabeza pedir perdón o lamentar nuestro error. ¿A nosotros? La vergüenza de no haber sido diferentes. A todo lugar llevamos no sólo nuestro pasaporte, sino la imagen de miles de viajeros, que como nosotros buscan ser admitidos sin prejuicios. En el exterior, todos somos uno. Lección aprendida.

El peor día de mi vida


“Salga de su zona de confort. Solo se puede crecer si estás dispuesto a sentirte incómodo, y es así como te sentirás cuando intentes algo nuevo”. – InchangeCamp.

En Peembroke (Malta) así se veían las tarde después de la lluvia.

Era el 7 de enero de 2017. Al contrario de lo que ocurría siempre en el denominado puente de reyes, aquella mañana no era tranquila. No se escuchaba el rimbombante sonido de la música del primer piso, ni la alharaca de la abuela en el tercero, pues yo no estaba en casa. De hecho, ni siquiera me encontraba en Colombia por primera vez en mi vida y eso parecía ser suficiente motivo para sentirme ansioso.

Siendo las 11 de la mañana llegué al Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, después de pasar dos semanas en la capital española. Mi destino era un lugar incierto pese a las fotografías y decenas de textos que leí. A Malta arribé a las seis de la tarde. La aventura apenas comenzaba.

Parecía un terreno inhóspito, pocos edificios, pero clima cálido. El frío vivido en Madrid en los últimos días, sin duda cedería un poco. Eso pensé, estaba equivocado. Al descender del avión y caminar por la pista para poder ingresar al Aeropuerto de Luqa, lo noté. Para los europeos acostumbrados a inviernos fuertes, encontrarse con cinco grados de temperatura y vientos que superaban los 35 kilómetros por hora, podría ser un paseo. Para mí, un colombiano de poncho y carriel, era la entrada al Himalaya.

La sala de espera lucía más pequeña que mi casa, a las afueras un edificio de 10 o 15 pisos se levantaba imponente con un gran letrero de Microsoft, adentro 30 personas esperábamos transporte para arribar a nuestro nuevo hogar. Había elegido una casa cerca a la escuela donde estudiaría, al llegar allí seguro el frío vivido en Madrid en los últimos días cedería un poco. Eso pensé, estaba equivocado. Una hora de viaje necesité para arribar a Swieqi, la ciudad donde viviría. Connie, una abuela de 75 años, y un alemán en pantaloneta y camisilla, salieron a mi encuentro.

No estaba preparado para la inclemencia del clima. «Vas a Malta, clima cálido y ecuatorial – dijeron -, un jean, una chaqueta y estarás bien». Eran las diez de la noche, no sentía mi cuerpo y la primera regla en mi nuevo hogar era caminar descalzo sobre un frío piso que más que mármol parecía hielo. Me instalé en mi habitación. La aventura apenas comenzaba.

Desde el día anterior no me comunicaba con los míos, había esperado llegar a Malta para hacerlo. Tiritando bajé al comedor donde cenaría, moría de hambre.

  • Hola Connie, necesito comunicarme con mi madre, ¿podrías compartirme la clave del Wi-Fi, por favor?
  • No, no hay. Si quieres tienes que comprarlo – respondió.

Cero calor, cero internet, cero comunicación. Al menos podría comer bien e ir a mi cuarto, ver una película y al día siguiente solucionaría. Eso pensé, estaba equivocado.

La cena fue la tercera sorpresa de mi gran día: media lechuga, una cebolla entera cocinada y algunas coliflores adornaron mi plato. ¿Algo más? Sí, un pequeño vaso de agua. Comí lo que pude y me dirigí a mi habitación. Mi celular no tenía batería así que busqué el cargador. Conectarse en Malta implicaba tener un adaptador distinto al europeo: tres patas, dos circulares y una cuadrada, ¡lo tenía resulto!

Conecté mi laptop y mi celular. Mientras cargaban me organicé para ir a la cama. El frío era el peor que había sentido en toda mi vida, así que tuve que ponerme dos sudaderas, mis guantes y mi chaqueta. Mientras tanto, descubrí que los conversores que compré estaban malos, no había cómo cargar mis equipos. Cero calor, cero, internet, cero comunicación, cero películas. Había que dormir. Eso pensé, estaba equivocado. La aventura apenas comenzaba.

Primera visita a La Valleta, las nubes anunciaban la tormenta que aquella noche tendríamos.

Pasé la noche en vela, iniciaría clase a las ocho de la mañana, no pude dormir porque el frío heló mi cuerpo. Semanas después me enteraré que aquel mes de enero fue el más frío que vivió la Isla en un siglo. Allí estaba yo, con un jean y una chaqueta: «vas a Malta, clima cálido y ecuatorial» dijeron.

Respiré, saqué un libro de mi maletín y me dispuse a leer. Habían pasado cinco minutos cuando el foco de la habitación de fundió. Cero calor, cero, internet, cero comunicación, cero películas, ahora cero luz. ¿Podía pasar algo más? Sin duda, el peor día de mi vida.

PD: Después de una pausa de casi tres años, después de reconstruirme profesional y personalmente vuelvo a escribir como parte de mi ejercicio con la vida. En estas líneas y cada lunes volveré a compartir mis historias, mi opinión, mis cuentos, mis letras. No importa cuántos me lean o quién lo haga, es una tarea que emprendo como parte de un ejercicio personal de reencontrarme con mi oficio y con mi pasión. No importa de dónde eres, tampoco para dónde vas, en este espacio, y durante sólo unos minutos te sentirás como en casa. ¡Bienvenido!